Rojo y blanco

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CAPÍTULO XXX

Después de las dos partidas, que parecieron a Leuwen interminables, tuvo aún que sostener su parte en la historia del entierro de un zapatero, al cual uno de los curas de la ciudad se había negado aquella mañana a recibir en la iglesia.

Leuwen escuchaba aquella desagradable historia, pensando en otra cosa, cuando el gran vicario exclamó:

—No deseo otro juez en este asunto que el señor Leuwen, aunque se halle prestando servicio militar.

A Leuwen se le agotó la paciencia:

—Precisamente por el hecho de estar en este servicio y no aunque me halle en él, tengo el honor de rogar al señor vicario que no diga nada que me obligue a darle una contestación que podría ser desagradable.

—Pero, señor, el asunto reúne las cuatro condiciones: adquirió bienes nacionales, ostentó un cargo en la época del deceso, estaba casado por lo civil, y no quiso contraer nuevo matrimonio en su lecho de muerte.

—Se olvida usted, señor, de una quinta condición: era un contribuyente que pagaba una parte de impuesto que le proporciona a usted sus emolumentos y a mí los míos. Acto seguido se marchó.

No obstante, todo aquello habría podido terminar por perderle, o cuando menos disminuir en gran parte la consideración de que gozaba en Nancy, si hubiera tenido que residir todavía durante mucho tiempo en dicha población.


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