Rojo y blanco
Rojo y blanco —… Están dando las nueve —dijo súbitamente al doctor Du Poirier—. Adiós, querido doctor, es preciso que abandone esos sublimes razonamientos, que le conducirán con seguridad a la Cámara de los diputados y que terminará por divulgar. Es usted verdaderamente el hombre elocuente y persuasivo por excelencia, pero necesito ir a cortejar a la señora d’Hoquincourt.
—Es decir, a la señora de Chasteller. ¡Ah, qué cabeza tan joven! ¿Pretende usted engañarme?
Y el doctor Du Poirier, antes de acostarse, fue todavÃa a cinco o seis casas para enterarse de los asuntos de los demás, para dirigirlos y ayudar a comprender las cosas más simples, intentando manejarlo, todo y especialmente la vanidad infinita de la gente hablándoles de sus antepasados por lo menos una vez a la semana a cada uno, y para predicar su doctrina sobre la importancia de que se establecieran las grandes órdenes religiosas. Nunca actuaba mejor que cuando el entusiasmo le empujaba.
Mientras el doctor hablaba, Leuwen, con la cabeza alta, caminaba con paso firme, con el rostro intrépido de la resignación y del verdadero valor. Estaba satisfecho de la manera con que cumplÃa su deber. Subió a casa de la señora d’Hoquincourt, a quien sus amigos de Nancy llamaban familiarmente la señora d’Hoquincourt.