Rojo y blanco
Rojo y blanco «Este pillastre —se decía mientras le escuchaba—, ¿cree realmente en todo lo que me dice? (Examinaba atentamente aquella gran cabeza surcada de profundas arrugas). Veo debajo de ese cráneo la finura cautelosa de un procurador de la Baja Normandía, pero no la franqueza necesaria para creer en sus aseveraciones. Por otra parte, no se le puede negar a este hombre un espíritu ágil, una palabra cálida y un arte extraordinario para sacar el mejor partido posible a los peores razonamientos, a las suposiciones más gratuitas. Las formas son groseras, pero como hombre inteligente que conoce su siglo, muy lejos de intentar corregir esa grosería, se complace en ella; constituye su verdadera originalidad, su misión y su fuerza; Se diría que la exagera exprofeso. Verdaderamente es una manera de conseguir el éxito. El noble orgullo de estos pueblerinos no puede concebir que se les confunda con ellos. El más tonto puede decirse: “¡Cuánta diferencia existe entre este hombre y yo!”. Y admite de buen grado las teorías del doctor. Si triunfan contra la revolución de 1830, harán de él un ministro, será su Corbière».