Rojo y blanco

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—¿Sabe usted, caballero —continuó el señor de Serpierre con voz tonante—, que los gentileshombres con algún título o parientes de títulos hacen limitar las talas y capitaciones de sus protegidos así como sus propios veinteavos? ¿Sabe usted que cuando yo estaba en Metz no tenía más albergue, yo, quien le está hablando, así como todo aquel que tenía algo que tener en Lorena, que el local de la intendencia del señor de Calonne? Allí, una mesa suntuosa, mujeres encantadoras, los más destacados oficiales de la guarnición, mesas de juego, todo era de un tono perfecto. ¡Ah, qué buenos tiempos! En su lugar ustedes nos dan un prefectillo triste y miserable, con vestidos raídos, que come solo y bastante mal, ¡suponiendo que coma!

«¡Gran Dios! —pensó Leuwen—. Éste es aún más fastidioso que Du Poirier».

Mientras para poner fin a la alocución se limitaba a contestar al discurso del señor de Serpierre con una pantomima admirativa, la poca atención que prestaba a lo que estaba escuchando y a lo que hacía le permitió reanudar y recobrar el dominio de los pensamientos tiernos.



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