Rojo y blanco

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«Es evidente —se decía— que sin ser el último de los hombres, no puedo presentarme ya más en casa de la señora de Chasteller. Todo ha terminado entre nosotros. Ya no puedo permitirme, como máximo, más que alguna rara visita de cumplido de vez en cuando. Para decirme las cosas claras, he sido despedido. Los condes Roller, mis enemigos, el primo Blancet, mi rival, que cena cinco veces a la semana en el palacio de los Pontlevé y toma el té todas las tardes con el padre y la hija, todo esto debe hacer resaltar mi disfavor y revestirme de importancia. ¡Cuidado con el desprecio, señor de criados con hermosas libreas amarillas y de caballos deslumbrantes! Todos éstos, a quienes has hecho temblar los cristales de las ventanas de sus casas con el estruendo de las ruedas de tus coches, celebrarán tu ridículo fracaso. ¡Caerás muy bajo, amigo mío! Tal vez los silbidos te expulsarán de este Nancy a quien tú tanto desprecias. ¡Bonita manera de quedar grabada esta ciudad en tu recuerdo!».

Mientras se entregaba a estas agradables reflexiones, la mirada de Leuwen estaba fija sobre los hermosos hombros de la señora d’Hoquincourt, que un encantador vestido de verano, llegado la víspera de París, dejaba al descubierto. De repente, se sintió iluminado por una idea.

«He aquí mi antídoto contra el ridículo. ¡Ataquemos!».


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