Rojo y blanco

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Se inclinó hacia la señora d’Hoquincourt y en voz baja le dijo:

—Lo que piense del señor de Calonne, al que tanto añora, lo pienso yo de nuestra íntima entrevista del otro día. Fui bastante tonto al no aprovechar la seria atención que leía en su mirada, para intentar preguntarle si desearía ser para mí algo más que una verdadera amiga.

—Intente volverme loca, no me opondré a ello —dijo la señora d’Hoquincourt con aire sencillo y frío.

Le miró ella en silencio con mucha atención y con una pequeña mueca filosófica encantadora. Su belleza, en aquel instante, estaba realzada por un delicioso aire de grave imparcialidad.

—Sin embargo —añadió ella, cuando había producido ya su efecto—, como lo que usted me pide no constituye ningún deber, sino todo lo contrario, mientras yo no me considere loca por sus hermosos ojos, pero loca de remate, no espere usted nada de mí.

El resto de la conversación a media voz correspondió a tan vivo inicio.


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