Rojo y blanco
Rojo y blanco El señor de Serpierre seguía intentando envolver a Leuwen en sus razonamientos. Luciano le había acostumbrado a que por su parte tuviera bastante paciencia cuando se encontraba en su casa sin la presencia de la señora de Chasteller. Por fin, el señor de Serpierre se dio cuenta de las sonrisas de la señora d’Hoquincourt y de que la atención que le prestaba Leuwen no era debida más que a una penosa educación. El venerable anciano tomó el partido de lanzarse completamente contra el señor de Vassigny, y aquellos dos caballeros empezaron a pasearse por el salón.
Leuwen se sentía en posesión de toda su sangre fría; intentaba embriagarse con la piel tan blanca y fresca y con las formas tan voluptuosas que se hallaban a dos pies de su mirada. Mientras las alababa como merecían, oyó que Vassigny contestaba a su interlocutor intentando inculcarle el asunto de las grandes órdenes religiosas del señor Du Poirier y los inconvenientes de la división de propiedades entre una población excesivamente numerosa.