Rojo y blanco
Rojo y blanco El paseo político de aquellos señores y la conversación galante de Leuwen duraban desde hacía un cuarto de hora, cuando éste se dio cuenta de que la señora d’Hoquincourt no dejaba de tener interés por las frases tiernas que entresacaba haciendo un gran esfuerzo de su memoria. En un abrir y cerrar de ojos, aquel interés le proporcionó nuevas ideas y palabras que no fueron dichas sin gracia. Expresaban lo que él sentía.
«¡Qué diferencia entre esté aire risueño, educado y lleno de consideración con que me está escuchando y el que he encontrado en otra! ¡Esos brazos que brillan bajo la gasa transparente, y esos hermosos hombros cuya blancura tanto halaga la mirada! ¡Nada de esto en la otra! Un aire altanero, una mirada severa y un vestido abrochado hasta el cuello. Y sobre todo, una decidida inclinación hacia los oficiales de grado superior. Aquí se me deja entender, a mí que no soy noble y únicamente un subteniente, que soy un igual a todos los demás, si no más que los otros».
La vanidad herida de Leuwen, hacía más intenso el placer de triunfar.
Los señores de Serpierre y de Vassigny, en el ardor de su discusión, se detenían a menudo en el otro extremo del salón. Leuwen supo aprovechar aquellos instantes de completa libertad, mientras la señora d’Hoquincourt le escuchaba con una tierna admiración.