Rojo y blanco
Rojo y blanco Se hallaban aquellos señores al otro extremo del salón desde hacía varios minutos, detenidos aparentemente por algún interesante razonamiento del señor de Vassigny en favor de los latifundios y del cultivo extensivo, tan favorable para la nobleza, cuando de repente, a dos pasos de la señora d’Hoquincourt, apareció la de Chasteller siguiendo muy de cerca y con su andar joven y ligero, al lacayo que la anunciaba y al que no se había oído.
Fue completamente imposible no ver en la mirada de la señora d’Hoquincourt e incluso en la de Leuwen, lo inoportuno de su llegada. Empezó a hablar volublemente, con alegría y a media voz, de cuanto había podido escuchar durante las visitas de la tarde. De aquella manera, la señora d’Hoquincourt no se sintió turbada en modo alguno. La señora de Chasteller se mostró incluso mala lengua y comadre, cosas jamás vistas por Leuwen en ella.
«En la vida me hubiera podido perdonar —se dijo—, si llega a hacerse la virtuosa abrazando a esta pequeña señora d’Hoquincourt. En medio de todo, ella ha visto bien claramente la turbación que empieza a crear mi talento para la seducción».
Leuwen habíase puesto serio mientras se decía esta última frase.