Rojo y blanco
Rojo y blanco La señora de Chasteller le habló con libertad y gracia, como dé ordinario. No dijo nada que fuera destacable, pero merced a ella, la conversación era ágil e incluso brillante, ya que nada hay tan divertido como el comadreo bien hecho.
Los señores de Vassigny y de Serpierre habían dejado momentáneamente su política para acercarse, atraídos por los encantos de la maledicencia. Leuwen intervenía en la conversación bastante a menudo.
«Es necesario que ella no pueda imaginarse que estoy sumido en la más espantosa desesperación, simplemente porque me ha cerrado la puerta».
Pero mientras hablaba e intentaba mostrarse agradable, olvidó incluso la existencia de la señora d’Hoquincourt. Lo más importante para él, en medio de aquel aire sonriente y despreocupado, consistía en observar con el rabillo del ojo si sus hermosas frases producían algún efecto en la señora de Chasteller.
«¡Cuántos milagros no haría mi padre en mi lugar —pensó Leuwen— en una conversación dirigida a una persona para que sea entendida por otra! Él encontraría el medio de hacerla satírica o cumplida para una tercera. Debería continuar cortejando a la señora d’Hoquincourt con las mismas palabras que han de surtir efecto en la señora de Chasteller».