Rojo y blanco
Rojo y blanco Solamente en aquella ocasión pensó en la señora d’Hoquincourt y aun a través de la admiración de su espíritu por la inteligencia y habilidad de su padre.
Por su parte, el único cuidado de la señora de Chasteller era ver si Leuwen se daba cuenta de la intensa pena que había sentido al encontrarle instalado con aquel aire de intimidad cerca de la señora d’Hoquincourt.
«Sería necesario saber si ha ido a mi casa antes de venir aquí», pensó.
Poco a poco fueron llegando otras personas: los señores Murcé, de Sanréal, de Roller, de Lanfort y algunos otros desconocidos para el lector, los cuales, en verdad, no vale la pena que le sean presentados. Hablaban en voz alta y gesticulaban como actores. Al cabo de unos momentos aparecieron las señoras de Puylaurens, de Saint-Cyran y, finalmente, el propio señor d’Antin.
A pesar suyo, la señora de Chasteller continuaba mirando los ojos de su brillante rival. Después de haber saludado a todo el mundo y hecho un rápido giro alrededor del salón, esos ojos, que aquella tarde casi mostraban el fuego de la pasión, volvían siempre a Leuwen y parecía contemplarle con viva curiosidad.