Rojo y blanco
Rojo y blanco «O más bien, le están pidiendo que la divierta —se dijo la señora de Chasteller—. El señor Leuwen le inspira más curiosidad que el señor d’Antin, eso es todo. Sus sentimientos no van más allá de un por ahora; pero en una mujer del carácter de ésta, las incertidumbres no son de muy larga duración».
Raramente la señora de Chasteller habÃa mostrado tan rápida sagacidad. Aquella tarde, un principio de celos la hacÃa más vieja.
Cuando la conversación estuvo animada y la señora de Chasteller pudo callarse sin inconveniente, su cara se mostró bastante triste; a continuación se iluminó súbitamente:
«Leuwen —se dijo— no habla con la señora d’Hoquincourt con el mismo tono de voz que emplean las personas que se aman».
Para sustraerse a los cumplidos de todos los que iban llegando, la señora de Chasteller se habÃa acercado a una mesa sobre la cual habÃa una serie de caricaturas contra el régimen imperante. Leuwen cesó inmediatamente de hablar; ella se dio cuenta de esto con delicia.