Rojo y blanco

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«¿Será verdad? —se dijo ella—. ¡Qué diferencia, no obstante, entre mi severidad, que puede ser un poco desagradable y tiende a hacer mi carácter excesivamente serio, y la alegría, las gracias siempre renovadas y naturales de esta brillante señora d’Hoquincourt! Verdad es que ha tenido muchos amantes, pero ¿puede constituir esto un defecto a los ojos de un subteniente de veintitrés años y que tiene opiniones tan singulares sobre las cosas y las personas? Y por otra parte, ¿lo sabe él realmente?».

Leuwen cambiaba muy a menudo de lugar en el salón. Se sentía enardecido por aquel movimiento frecuente, ya que oía a todo el mundo comentar la noticia que acababa de llegar de que iba a ser establecido un campamento de caballería cerca de Lunéville. Esta noticia imprevista hizo olvidar a Leuwen la atención que la señora d’Hoquincourt le concedía aquella tarde. Él, por su lado, había olvidado igualmente a todos los presentes. No se acordaba de ellos más que por temor a sus miradas curiosas. Ardía en deseos de acercarse a la mesa de las caricaturas, pero consideraba que semejante acción, por su parte, constituiría una falta de dignidad imperdonable.




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