Rojo y blanco

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«Quizás incluso una falta de respeto hacia la señora de Chasteller —añadió él para sí con amargura—. Ella ha querido evitarme en su casa y yo abuso de mi presencia en el mismo salón donde está para obligarla a que me escuche».

Al mismo tiempo que hacía este razonamiento sin réplica, al cabo de irnos minutos, Leuwen se encontró tan próximo a la mesa sobre la cual la señora de Chasteller estaba un poco inclinada, que no dirigirle la palabra hubiese sido ponerse en evidencia.

«Sería considerado como despecho —se dijo Luciano—, y esto no debe suceder».

Enrojeció francamente. El pobre muchacho no estaba en aquel momento muy seguro de cuál debía ser la conducta a seguir, las reglas de su comportamiento desaparecían a sus ojos, las olvidaba.

La señora de Chasteller, mientras dejaba una caricatura para tomar otra, levantó un poco la vista y comprobó aquel rubor, que no dejó de ejercer influencia en ella. La señora d’Hoquincourt, desde lejos, veía perfectamente todo lo que sucedía alrededor de aquella mesa verde, y el señor d’Antin, que intentaba distraerla en aquel momento con una historia divertida, le pareció un pesado por el modo de explicarla.


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