Rojo y blanco

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Leuwen se atrevió a levantar los ojos y fijar su mirada en la señora de Chasteller, pero temblaba de encontrarse con la de ésta, lo que le hubiese obligado a hablar inmediatamente. Le pareció ver que contemplaba un grabado con aire altanero y casi colérico. La infeliz había tenido el mal pensamiento de coger la mano de Leuwen, que apoyaba sobre la mesa, mientras sostenía con la otra un grabado, y llevarla a sus labios. Esta idea produjo en ella tal horror, que la había colocado en situación de sentirse indignada contra sí misma.

«¡Y me atrevo alguna vez a criticar con altanería a la señora d’Hoquincourt! —se dijo—. ¡En algunos momentos me atrevo a despreciarla! Juraría que una tentación como la que yo acabo de experimentar no ha tenido ella en ningún momento de la velada. ¡Dios mío! ¿Qué es lo que puede ocasionarme tanto horror?».

«Es preciso terminar —se dijo Leuwen, un poco extrañado por aquel aire altanero—, y después no pensar más en ello».

—¡Cómo!, señora —dijo al fin—, ¿seré yo tan desventurado que le inspire indignación? Si es así, desaparezco al instante.

Ella levantó los ojos, y no pudo impedir sonreírle con infinita ternura.

—No, señor —le dijo cuando pudo hablar—. Estaba disgustada contra mí misma, por una estúpida idea que se me ha ocurrido.


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