Rojo y blanco

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«¡Dios mío! —pensó Luciano—. ¿En qué historia me estoy metiendo? ¡Ya no me falta más que decírselo!».

Ella se puso tan extraordinariamente colorada, que la señora d’Hoquincourt, cuya mirada no se había apartado de ambos, se dijo:

«Helos ahí reconciliados, y ahora más amigos que nunca. Verdaderamente, si se atrevieran, acabarían arrojándose uno en brazos del otro».

Leuwen iba a alejarse. La señora de Chasteller lo comprendió.

—Quédese aquí, a mi lado —dijo ella—; aunque en realidad, en este momento no puedo ni hablarle.

Y sus ojos se llenaron de lágrimas. Se inclinó un poco más y aparentó observar atentamente un grabado.

«¡Ah, las lágrimas han aparecido!», se dijo la señora d’Hoquincourt.

Leuwen estaba como petrificado, y se decía:

«¿Es esto el amor? ¿Será odio? De lo que sí estoy seguro es de que no es indiferencia. Razón de más para aclarar las cosas y terminar con las dudas».

—Me produce usted tal terror que no me atrevo ni a contestarle —le dijo él con aire completamente turbado.

—¿Y qué podría decirme? —continuó ella con altivez.


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