Rojo y blanco

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—Que me ama usted. Dígamelo y no abusaré jamás de su confianza.

La señora de Chasteller estuvo a punto de decir: «¡Pues bien!, sí, pero tenga piedad de mí». En aquel instante, la señora d’Hoquincourt, que se aproximaba rápidamente, rozó la mesa con su vestido de tela inglesa muy rígida por el apresto, y únicamente gracias al ruido que produjo, la señora de Chasteller se dio cuenta de su presencia. Una décima de segundo más y hubiese contestado a Leuwen delante mismo de la señora d’Hoquincourt.

«¡Dios mío! ¡Qué horror! —pensó—. ¿A qué infamia no estaré expuesta esta tarde? Si levanto los ojos, la señora d’Hoquincourt, lo mismo que todo el mundo, verá claramente que le amo. ¡Ah, qué imprudencia he cometido viniendo aquí esta tarde! No tengo más que un camino a tomar: morir en este mismo lugar, quedarme aquí, inmóvil y en silencio. Tal vez consiga así no hacer algo de lo que tenga después que sonrojarme».

Los ojos de la señora de Chasteller quedaron fijos sobre un grabado y se inclinó extraordinariamente encima de la mesa.


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