Rojo y blanco
Rojo y blanco La señora d’Hoquincourt esperó un momento a que la de Chasteller alzara la mirada pero su mala intención no fue más allá. No tuvo en ningún momento la idea de dirigirle la palabra, lo que al mismo tiempo que hubiese aumentado su turbación le habrÃa obligado a levantar la vista y dar un espectáculo. Olvidó a la señora de Chasteller y solamente tuvo ojos para contemplar a Leuwen. En aquel momento le encontró encantador. La mirada de ella era tierna y, no obstante, tenÃa un ligero aire pÃcaro. Cuando no podÃa burlarse de un hombre, aquel aire pÃcaro decidÃa la victoria.