Rojo y blanco
Rojo y blanco La señora de Chasteller había olvidado su amor propio para atender únicamente al cuidado de su gloria. Prestó oído a la conversación general, relativa al campamento de Lunéville y sus probables consecuencias, que no eran otras que la posible inmediata caída del poder que había cometido la imprudencia de ordenar su constitución, tema que ocupaba todavía la atención de todos. Pero se hallaban en aquellos momentos en plan de repetir ideas y hechos ya expuestos varias veces: Estaban mucho más seguros de la caballería que de la infantería, etc., etc.
«Esta insistencia —pensó la señora de Chasteller— acabará de impacientar a la señora de Puylaurens, que tendrá que tomar alguna decisión para no aburrirse. Colocada cerca de ella y de los rayos de su gloria, podré escuchar y callar, y sobre todo el señor Leuwen no podrá hablarme».
La señora de Chasteller atravesó el salón sin encontrarse con Leuwen. Esto fue muy importante. Si aquel apuesto joven hubiese tenido un poco de talento, se hubiera hecho declarar que le ornaba y conseguir al mismo tiempo la promesa de que le recibiría todos los días de su vida.