Rojo y blanco
Rojo y blanco Se conocía el gusto de la señora de Chasteller por el espíritu brillante de la señora de Puylaurens; se colocó cerca de ella. Ésta describía en aquellos momentos el abandono absurdo y la aburrida soledad en que la deserción de la buena sociedad de los alrededores iba a dejar sumida a la ciudad.
Refugiada en aquel puerto, la señora de Chasteller, que notaba la casi afluencia de lágrimas en sus ojos y que sobre todo se hallaba imposibilitada de mirar a Leuwen, se rió mucho con las ridiculeces que la señora de Puylaurens atribuía a todo aquel que se mezclara en el campamento de Lunéville.
La señora de Chasteller, una vez salida de la mala situación en que creía encontrarse y del momento de terror que le había obligado a olvidarse de todo, observó que la señora d’Hoquincourt no se apartaba ni un paso de Leuwen. Parecía como si ella deseara hacerle hablar, pero la señora de Chasteller creyó ver, en verdad desde muy lejos, que él se hallaba muy taciturno.
«¿Se sentirá molesto porque están ridiculizando al príncipe a quien sirve? Sin embargo, según me ha dicho cien veces, él no sirve a ningún príncipe, sino a la patria, y encuentra extraordinariamente ridícula la pretensión del primer magistrado, que hace llamar a su profesión estar a su servicio. Es lo que yo pretendo demostrarle, me ha dicho muchas veces Leuwen».