Rojo y blanco
Rojo y blanco «Son las cinco; estaré de regreso a las siete y media, y a las ocho, mi suerte habrá quedado decidida. Hablarle con dulzura será quizá de mal gusto para todo el mundo. Tratándose de una mujer ligera, como la señora d’Hoquincourt, podrÃa pasar; una palabra galante y expresiva relativa a su hermosura podrÃa excusarlo todo. ¡Pero con la señora de Chasteller! ¿Cómo recibirÃa estas imprudentes palabras una mujer seria, razonable y prudente?… SÃ, prudente. Ya que de cualquier modo, yo no he visto nada que demostrara su intriga con el teniente coronel del regimiento de húsares, ¡y estas gentes son tan embusteras y calumniadoras! ¿Qué confianza puede tenerse en lo que digan?… Por otra parte, hace ya mucho tiempo que no oigo hablar de ello… En fin, para hablar claro, yo no lo he visto, y, además, solamente deseo creer en lo que haya visto. Entre las personas que se hallaban en la reunión de ayer, puede haber algún imbécil que al ver la actitud que adopté con la señora d’Hoquincourt y sus increÃbles indiscreciones para conmigo, seguramente dirá que yo soy su amante… ¡Pues bien!, cualquier pobre diablo que esté enamorado de ella podrÃa creer en sus informes… No, un hombre sensato no debe creer más que en lo que ve, y aún más, en lo que ve perfectamente. ¿Qué hay en el modo de obrar de la señora de Chasteller, que traicione a una mujer acostumbrada a no vivir sin un amante?… PodrÃa, por el contrario, .acusársela de un exceso de reserva, de mojigaterÃa. ¡Pobre mujer! Ayer, varias veces, se mostró torpe por pura timidez… Conmigo, a menudo, al estar en conversación con ella, se sonroja y no puede terminar la frase iniciada; evidentemente, el pensamiento que deseaba expresar la ha abandonado… Comparada con todas las mujeres de ayer noche, la pobre tiene el auténtico aspecto de la diosa de la castidad. Las señoritas de Serpierre, cuya virtud es proverbial en la región, no tienen un modo de actuar diferente al suyo. La mitad de las ideas de la señora de Chasteller son invisibles para ellas, esto es todo, y tales ideas no pueden expresarse más que por medio de un lenguaje un poco filosófico, y que por el hecho de serlo, tiene aspecto de la mayor contención. Incluso me puedo permitir decir a aquellas señoritas algunas cosas de las cuales la señora de Chasteller no conoce su alcance, y que no tolera. En una palabra, de todas las personas de ayer noche, únicamente creerÃa en el testimonio de ellas, cuando se tratase de un hecho material, evidente. Contra la señora de Chasteller no tengo otro testimonio explÃcito que el del maestre de postas Bouchard. He cometido una equivocación al no frecuentar a éste hombre. ¿No hubiera sido lo más sencillo alquilar algún caballo en su casa, e ir a elegirlo en sus cuadras? Él fue quien me recomendó al comerciante en avenas, a mi mayoral, y su personal me considera y aprecia. Soy un verdadero tonto».