Rojo y blanco

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Leuwen no se confesaba que la persona de Bouchard le causaba horror: era el único hombre que le había hablado mal, abiertamente, de la señora de Chasteller. Las medias palabras que había sorprendido un día en casa de la señora de Serpierre eran muy indirectas. Su altivez, a la cual nadie en Nancy se hubiese guardado de atribuir a ninguna otra causa que a los quince o veinte mil francos de renta que su marido le había dejado al morir, no era más que la impresión de impaciencia que le causaban los cumplidos demasiado directos de los cuales aquella fortuna la hacía objeto.

Mientras se hacía estos tristes razonamientos, Leuwen mantenía su caballo al trote largo. Oyó las seis y media en el reloj de una aldea a medio camino entre Nancy y Darney.

«Debo regresar —pensó—. Dentro de hora y media mi suerte quedará decidida».

Súbitamente, en vez de hacer volver grupas a su caballo, lo puso al galope. No cesó de galopar hasta Darney, aquel pequeño lugar al que en otro tiempo había ido a bucar una carta de la señora de Chasteller. Sacó su reloj y vio que eran las ocho.

«Imposible ver esta noche a la señora de Chasteller», se dijo respirando más libremente.

Era como un desventurado condenado a muerte que acaba de obtener el aplazamiento de su ejecución.


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