Rojo y blanco
Rojo y blanco En la tarde del dÃa siguiente, que fue el más atareado de su vida, durante el cual habÃa cambiado dos o tres veces de proyectos, Leuwen se vio obligado a presentarse en casa de la señora de Chasteller. Ésta le recibió con lo que le pareció una extraordinaria frialdad: no era más que la cólera que sentÃa contra sà misma y la vergüenza de hallarse frente a Leuwen.