Rojo y blanco
Rojo y blanco «Nunca mi padre —pensaba—, ni ninguno de mis parientes, consentirá que me case con el señor Leuwen, un hombre del partido contrario, un azul, y que además no es noble. No hay ni que pensar en ello; él mismo tampoco lo piensa. ¿Qué hago pues? Solamente puedo pensar en él. No tengo madre que me aconseje, ni una amiga a quien pueda acudir: mi padre me ha separado violentamente de la señora de Constantin. ¿A quién, en Nancy, me atreverÃa solamente a hacerle entrever el estado de mi corazón? Por consiguiente, es necesario que me muestre severa conmigo misma».
Aquellos razonamientos se sostenÃan bastante bien, cuando finalmente dieron las diez, que en Nancy constituye el momento después del cual no está permitido presentarse en una casa no abierta.
«Estoy convencida —se dijo la señora de Chasteller— de que en estos momentos estará en casa de la señora d’Hoquincourt. Ya que él no viene —añadió con un suspiro—, al tiempo que pierdo toda ocasión de verle, es inútil que me interrogue tanto a mà misma para saber si tendrÃa el valor de dirigirle la palabra sobre la frecuencia de sus visitas. Puedo concederme algún respiro. Quizá mañana tampoco venga. Tal vez será él mismo quien, sin ningún esfuerzo por mi parte y muy naturalmente, dejará de venir aquà todos los dÃas».