Rojo y blanco

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Cuando Leuwen apareció por fin al día siguiente, ella también, dos o tres veces desde la víspera, había cambiado por completo de pensamientos respecto a él. Había momentos en que deseaba confiarle todas sus preocupaciones como al mejor de sus amigos y a continuación decirle:

«Decida usted. Si le veo como en España, a través de las rejas de una ventana, yo en la planta baja de mi casa y usted en la calle, a medianoche, podría decirle cosas peligrosas. Pero si de repente me coge la mano como anteayer y me dice, con tono sencillo y veraz: “Ángel mío, tú me quieres”, ¿podré responder de mí misma?».

Después de los saludos de costumbre, una vez el uno frente al otro, los dos estaban pálidos, se miraban y no encontraban nada que decirse.

—¿Estuvo usted ayer, señor, en casa de la señora d’Hoquincourt?





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