Rojo y blanco
Rojo y blanco Leuwen se estremeció; no poseía bastante vanidad para que el despecho de sentir miedo le diese el valor suficiente para poder vivir separado de la señora de Chasteller. ¿Qué sería de él los días en que no le fuese permitido verla?
—Caballero —continuó la señora de Chasteller gravemente—, yo no tengo madre para que pueda darme consejos. Una mujer que prácticamente vive sola, en una ciudad de provincias, debe mostrarse atenta a las menores apariencias. Usted viene muy a menudo a mi casa…
—¿Y qué? —dijo Leuwen, respirando apenas.
Hasta aquel momento, el tono de la señora de Chasteller había sido el conveniente, prudente y frío, por lo menos a los ojos de Leuwen. La entonación con que pronunció las palabras ¿y qué?, hubiese sido impropio en un don Juan; en Leuwen no había ninguna intención, era como un impulso de la naturaleza, la naturalidad misma. Aquellas palabras de Leuwen lo cambiaron todo. Había tanta desdicha, tanta certeza en obedecer puntualmente, que la señora de Chasteller se sintió ante él como desarmada. Tenía reunido todo su valor para combatir contra un ser fuerte, y se encontraba frente a la más extrema debilidad. En un instante cambió todo, ya no tenía que temer la falta de resolución, sino más bien el adoptar un tono excesivamente firme, de tener que abusar de la victoria. Sintió piedad por la desventura que causaba a Leuwen.