Rojo y blanco
Rojo y blanco No obstante, era preciso continuar. Con voz apagada y los labios pálidos y comprimidos con esfuerzo para intentar aparentar firmeza, explicó a nuestro héroe las razones que le hacían desear verle con menos frecuencia y durante menos tiempo, cada dos días por ejemplo. Se trataba de evitar que naciesen ideas, poco profundas sin duda, en una población que empezaba a ocuparse de aquellas visitas y sobre todo en la señorita Bérard, que era un testigo harto peligroso.
La señora de Chasteller apenas tuvo fuerzas para terminar aquellas dos o tres frases. La menor objeción, la más mínima palabra de Leuwen, cualquiera que hubiese sido, habría derribado todo su proyecto. Sentía una intensa piedad por la desventura en que le encontraba, y no había tenido el valor de insistir, ella lo sentía. No veía en él más que la simple naturaleza. Si Leuwen hubiese sentido menos amor o tenido menos inteligencia, hubiera obrado de otra forma muy distinta; pero el hecho difícil de excusar en este siglo, era que aquel subteniente de veintitrés años se viese incapaz de articular una sola palabra contra el proyecto que le aniquilaba. Figúrense ustedes a un cobarde que adora la vida y que escucha su sentencia de muerte.
La señora de Chasteller veía claramente el estado en que se encontraba Leuwen: ella misma estaba a punto de fundirse en lágrimas, se sentía llena de piedad por la intensa desventura que causaba.