Rojo y blanco
Rojo y blanco «Pero —se dijo súbitamente—, si ve una lágrima, estaré más comprometida que nunca. Es necesario a cualquier precio poner fin a ésta visita plagada de peligros».
—Después de lo que le he expresado… señor… hace ya tiempo que puedo suponer que la señorita Bérard cuenta hasta los minutos que usted pasa conmigo… SerÃa más prudente abreviar.
Leuwen se levantó; apenas podÃa hablar, y no sin dificultad su voz fue capaz de articular a medias:
—Estaré desesperado, señora…
Abrió una puerta de la biblioteca que daba a una escalera interior, por donde pasaba muchas veces para evitar cruzar el salón bajo la terrible mirada de la señorita Bérard.
La señora de Chasteller le acompañó, como para dulcificar con esta pequeña gentileza lo que pudiera haber de hiriente en el ruego que acababa de hacer. En el rellano de aquélla, la señora de Chasteller dijo a Leuwen:
—Adiós, señor. Hasta pasado mañana.