Rojo y blanco
Rojo y blanco Leuwen se volvió hacia ella, apoyando la mano derecha en el pasamanos de caoba; era evidente que se estaba tambaleando. La señora de Chasteller sintió lástima por él y tuvo la idea de darle la mano, a la inglesa, como signo de buena amistad. Leuwen, al ver aquella mano que se acercaba a la suya, la tomó para llevarla lentamente a los labios. Mientras hacía aquel gesto, su cara se encontró muy cerca de la de su amada. Abandonó la mano y la estrechó entre sus brazos, poniendo sus labios sobre la mejilla de la señora de Chasteller, que no tuvo fuerzas para separarse y quedó inmóvil y casi abandonada en brazos de Leuwen. La estrechó con éxtasis y multiplicó sus besos. Finalmente, la señora de Chasteller se separó suavemente, pero sus ojos bañados en lágrimas demostraban francamente la más intensa ternura. No obstante consiguió decir:
—Adiós, señor…
Y como él la mirase, anonadado, ella insistió:
—Adiós, amigo mío, hasta mañana… Pero déjeme ya.
Él obedeció, y al descender por la escalera se volvió para mirarla.
Leuwen, al marcharse, sufría un azoramiento inexplicable. Bien pronto se sintió ebrio de felicidad, lo que le impidió ver que era muy joven y bastante tonto.