Rojo y blanco

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Quince días o tres semanas pasaron; fueron quizá los momentos más felices en la vida de Leuwen, pero jamás volvió a encontrar un momento semejante de abandono y debilidad. Ya saben ustedes que era incapaz de hacer brotar estos sentimientos a fuerza de sentir felicidad.

Veía a la señora de Chasteller todos los días; sus visitas duraban algunas veces hasta dos y tres horas, con gran escándalo de la señorita Bérard. Cuando la señora de Chasteller no se hallaba en situación de poder sostener una conversación un poco pasable con él, le proponía jugar al ajedrez. Algunas veces, le cogía él tímidamente la mano e incluso un día intentó abrazarla; empezó ella a verter lágrimas, aunque sin huirle, le rogó que se contuviera y se puso bajo la salvaguardia de su honor. Como aquella súplica era hecha de buena fe, fue escuchada. Ella exigía que no le hablase abiertamente de su amor, pero en compensación dejaba a menudo su mano sobre las charreteras del subteniente y jugaba con sus galones de plata. Cuando se sentía tranquila con relación a sus actos, mostraba con él una alegría dulce e íntima, que para aquella pobre mujer constituía la perfecta felicidad.




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