Rojo y blanco

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Hablaban de todo con absoluta sinceridad, lo que a veces hubiese parecido poco correcto y aun indiferente, y en todo caso excesivamente ingenuo. Era necesaria aquella franqueza sin límites sobre todo para hacer olvidar un poco el sacrificio que hacía al no hablar de amor. En ocasiones, una palabra indiscreta traída por la conversación les hacía enrojecer; entonces se producía un corto silencio. Cuando éste se prolongaba demasiado, la señora de Chasteller recurría al ajedrez.

Gustaba especialmente de que Leuwen le confiase las ideas que él tenía sobre ella misma, en diversas épocas, durante el primer mes dé haberse conocido, en aquel momento… Todas aquellas confidencias tendían a debilitar una de las sugestiones de este gran enemigo de nuestra felicidad al que llamamos prudencia, cuya virtud no cesaba de repetirle:

«Es un hombre extraordinariamente inteligente y muy hábil que está representando una comedia contigo».

Jamás Leuwen se atrevió a confiarle la opinión de Bouchard referente a sus relaciones con el teniente coronel de húsares, y la ausencia de todo fingimiento era tan completa entre ellos, que por dos veces aquel tema, traído a la conversación por casualidad, estuvo a punto de hacerles reñir. La señora de Chasteller vio en sus ojos que él le ocultaba algo.

—Y esto no lo perdonaré —le dijo con firmeza.


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