Rojo y blanco

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La señora de Commercy, Sel a la educación de la corte de Luis XVI, siguió tratando a Leuwen perfectamente bien. No sucedía lo mismo en el salón de la señora de Marcilly, pues después de la indiscreta contestación dada al señor Rey, el vicario, a propósito del entierro de aquel zapatero, este digno y prudente eclesiástico había emprendido la tarea de arrumar la posición que nuestro subteniente había obtenido en Nancy. En menos de quince días, el señor Rey tuvo bastante arte para inculcar en todas partes y establecer en el salón de la señora de Marcilly, que el ministro de la Guerra sentía un miedo particular de la opinión pública de Nancy, ciudad de alguna importancia próxima a la frontera, centro de la nobleza de Lorena y quizá, sobre todo, de la opinión que pudiera manifestarse en el salón de la señora de Marcilly. Una vez establecido este supuesto, el ministro había mandado a Nancy a un joven, evidentemente de otra madera que sus camaradas, para enterarse del modo de pensar de aquella sociedad y penetrar en sus secretos: ¿se trataba simplemente de la existencia de cierto descontento, o era que pensaban actuar en alguna forma? «La prueba de todo ello —se decía—, es que Leuwen escucha sin parpadear cosas sobre el duque de Orleáns (Luis-Felipe) que comprometerían a cualquier otro observador». Había sido precedido en su regimiento por una reputación de republicanismo que nada justificaba, y de la cual parecía preocuparse bien poco delante de un retrato de Enrique V. Etc.


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