Rojo y blanco

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Dicho descubrimiento había halagado el amor propio de aquel salón, pues hasta entonces los mayores acontecimientos sucedidos en él habían sido los nueve o diez francos perdidos por el señor Untel, en el whist, un día de verdadera mala suerte. El ministro de la Guerra. ¿Quién sabe? ¡Quizás el propio Luis-Felipe, estaba preocupado por las opiniones que se manifestaban en el salón!

Leuwen era por consiguiente un espía del justo medio. El señor Rey poseía bastante sentido común para no creer en semejante estupidez, y como podía darse el caso de que tuviera necesidad de alguna historia con más fundamento para destruir la posición de Leuwen en el salón de las señoras de Puyraurens y d’Hoquincourt, había escrito al señor M…, canónigo de X…, en París. Dicha carta fue remitida a su vez a un vicario de la parroquia en la cual residía la familia de Leuwen y el señor Rey esperaba de un día a otro una respuesta detallada.







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