Rojo y blanco

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A las diez o diez y media lo más tarde, la decencia y el miedo hacia la señorita Bérard, obligaban a Leuwen a abandonar la residencia de la señora de Chasteller. Leuwen estaba poco acostumbrado a acostarse a aquellas horas, y acudía a casa de la señora d’Hoquincourt. Con lo cual sucedieron dos cosas: el señor d’Antin, hombre inteligente, que no tenía más interés por una mujer que por otra, veía el papel que la señora d’Hoquincourt le estaba preparando, y recibió una carta de París que le obligaba a realizar un corto viaje. El día de la despedida, la señora d’Hoquincourt le encontró muy amable; pero a partir de aquel mismo momento, Leuwen se lo pareció mucho menos. En vano el recuerdo de los consejos de Ernesto Dévelroy le decían: «Ya que la señora de Chasteller es una virtuosa, ¿por qué no tener una amante en dos volúmenes? La señora de Chasteller para las delicias del corazón y la d’Hoquincourt para los momentos menos metafísicos». Pensaba que merecía ser engañado por la señora de Chasteller si él la engañaba. La verdadera razón de la virtud heroica de nuestro héroe era que la señora de Chasteller, como única persona en el mundo, se le aparecía ante sus ojos como una mujer. La señora d’Hoquincourt no era más que una inoportuna para él, y temía mortalmente las conversaciones a solas con aquella mujer joven, la más hermosa de la provincia. Jamás había sentido él parecida locura, y se entregaba a la misma con la cabeza baja.


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