Rojo y blanco

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La súbita frialdad en su modo de hablar, después de la partida del señor d’Antin, llevó hasta casi la pasión el capricho de la señora d’Hoquincourt; ella le decía, incluso delante del círculo de sus amistades, las cosas más tiernas. Leuwen adoptó el aire de recibirlas con una seriedad glacial que nada dejaba adivinar.

Aquella locura de la señora d’Hoquincourt fue quizá lo que más fomentó el odio hacia Leuwen en los hombres que pasaban por personas sensatas en Nancy. El mismo señor de Vassigny, hombre de mérito, y el señor de Puylaurens, personaje de mucha más fuerza intelectual que los señores de Pontlevé, de Sanréal y Roller, completamente inaccesibles a las ideas diestramente sembradas por el señor Rey, empezaron a encontrar francamente incómodo a aquel extranjero, gracias al cual la señora d’Hoquincourt no escuchaba ni una sola palabra de lo que se le pudiera decir. A todos estos caballeros les agradaba conversar durante un cuarto de hora por las noches con aquella mujer joven, atractiva y elegante, y ni el señor d’Antin, ni ningún otro de sus predecesores, habían dado a la señora d’Hoquincourt la cara rígida y distraída que tenía ahora cuando escuchaba sus frases galantes.



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