Rojo y blanco

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«Se nos confisca a esta hermosa mujer, a nuestro único recurso —decía el grave señor de Puylaurens—. Imposible hacer con ninguna otra una excursión medianamente agradable. Y ahora, cuando se le propone un paseo, en lugar de acoger con entusiasmo una ocasión para hacer trotar los caballos, la señora d’Hoquincourt se niega a ello rotundamente».

Sabía ella muy bien que antes de las diez y media Leuwen no estaba libre. Por otra parte, el señor d’Antin sabía organizarlo todo, y la alegría redoblaba en los lugares donde él estaba. Leuwen, en cambio, sin duda por orgullo, hablaba muy poco y no era capaz de organizar ningún entretenimiento. Era un aguafiestas.

Tal empezaba a ser su posición, incluso en el salón de la señora d’Hoquincourt, y no podía contar más que con la amistad del señor de Lanfort y a veces con la de la señora de Puylaurens, inexorable en las bromas que le gastaba acerca de su estado de ánimo.

Cuando se supo que la señora Malibran, que tenía que recoger unos thalers en Alemania, debía de pasar a dos leguas de Nancy, el señor de Sanréal tuvo la idea de organizar un concierto. Fue aquél un gran asunto que le costó muy caro. El concierto se celebró, la señora de Chasteller no asistió a él y la d’Hoquincourt se presentó rodeada de todos sus amigos.

Se empezó a hablar de su enamorado, y aquél fue el tema moral del concierto.


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