Rojo y blanco

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—Vivir sin un amante —decía el señor de Sanréal más que medio ebrio de gloria y de ponche—, sería la mayor de las tonterías, si no fuera un imposible.

—Hay que darse prisa en escoger —dijo el señor de Vassigny.

La señora d’Hoquincourt se inclinó hacia Leuwen que estaba delante de ella y le dijo en voz baja:

—Y si aquél a quien se escoge tiene un corazón de mármol, ¿qué se debe hacer?

Leuwen se volvió riendo y quedó muy sorprendido al ver que aquellos ojos, fijos en los suyos, estaban empañados por las lágrimas. Este milagro le dejó sin aliento, pensó más en el milagro que en la contestación que debía dar. Por su parte, ella se limitó a una sonrisa banal.

Al salir del concierto regresaron a pie, y la señora d’Hoquincourt tomó su brazo. No habló mucho. En el momento en que todos se despedían de ella, en el patio de su casa, estrechó el brazo de Leuwen: la dejó lo mismo que los demás.

Ella subió entonces a sus habitaciones y se fundió en llanto, pero no le odiaba. Al día siguiente, en una visita matinal, mientras la señora de Serpierre criticaba de la manera más acerada la conducta de Bathilde, la señora d’Hoquincourt se calló y no pronunció ni una palabra contra su rival. Por la noche, Leuwen, para decir algo, le dirigió un cumplido sobre su vestido:


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