Rojo y blanco
Rojo y blanco —¡Qué admirable ramo! ¡Qué colores tan hermosos! ¡Qué frescor! ¡Es un verdadero emblema de la belleza que lo lleva!
—¿Lo cree usted? ¡Pues bien!, sea; representa mi corazón y se lo entrego.
La mirada que acompañó a estas últimas palabras no tenÃa nada de la alegrÃa que habÃa reinado hasta aquel momento en la conversación. No le faltaba al tono profundidad ni pasión, y a un hombre sensato no podÃa dejar ninguna duda sobre el sentido de la entrega del ramo. Leuwen lo cogió, dijo cosas más o menos dignas de Dorat sobre la hermosura de las flores, pero sus ojos se mantuvieron alegres y ligeros. ComprendÃa perfectamente y no deseaba comprender.
Se sintió violentamente tentado, pero resistió. En la noche del dÃa siguiente, le pasó por el pensamiento la idea de explicar su aventura a la señora de Chasteller y decirle: «Devuélvame usted lo que me cuesta», pero no se atrevió.