Rojo y blanco

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Fue aquel uno de sus errores: En amor hay que ser atrevido o se expone uno a sufrir duros reveses. La señora de Chasteller, que se había enterado ya, con dolor, de la partida del señor d’Antin, al día siguiente del concierto supo por las bromas perfectamente claras de su primo Blancet, que la víspera la señora d’Hoquincourt había dado un espectáculo, la simpatía que empezaba ésta a demostrar por Leuwen se había convertido en un verdadero furor, según dijo su primo. Por la tarde, Leuwen encontró a la señora de Chasteller muy triste; le trató mal. Aquel humor sombrío no hizo más que acrecentarse durante los días siguientes y remaron entre los dos momentos de silencio que duraron un cuarto de hora o veinte minutos. Pero ya no era aquel delicioso silencio de otras veces, que obligaba a la señora de Chasteller a tener que recurrir a una partida de ajedrez.

¿Eran aquéllos los mismos seres, que ocho días antes, no tenían bastante con todos los minutos de dos largas horas para expresar todo lo que tenían que decirse?





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