Rojo y blanco
Rojo y blanco Súbitamente, después de las bromas groseras, aunque expresadas con palabras educadas, con que al día siguiente del concierto de la Malibran, se mostró tan pródigo el señor de Blancet sobre lo que había sucedido la víspera, se sintió afectada por un dolor atroz, del cual su alma pura sentía vergüenza.
«Blancet no tiene tacto —se dijo—; pertenece a la clase de gente que sienten dolorosamente la superioridad de Leuwen. Quizás exagera: ¿cómo el señor Leuwen, tan sincero conmigo, hasta el punto de declararme un día que había cesado en cierta ocasión de amarme, podría engañarme hoy?…
»Nada más fácil de explicar —prosiguió con amargura el lado de la prudencia—. Es agradable y de buen gusto para un joven tener dos amantes a la vez, sobre todo si una de ellas es triste, severa y se atrinchera constantemente tras los temores de una fastidiosa virtud, mientras que la otra es alegre, amable, hermosa y no tiene fama de hacer desesperar a sus amantes con su severidad.
»El señor Leuwen podría decirme: “No te muestres conmigo tan altamente virtuosa, no me hagas una escena cada vez que intento cogerte la mano…”. (¡Es cierto que le he tratado francamente mal por algo tan mínimo!…)».
Después de un silencio, continuó con un suspiro: