Rojo y blanco

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«… No seas conmigo de tan ultrajada virtud, o permíteme aprovecharme de la impresión que haya podido causar en la señora d’Hoquincourt.

»Pero por muy delicado que sea este razonamiento —replicó el lado del amor—, todavía tiene que hacerme él esta declaración. Es lo que corresponde hacer a un hombre digno. Pero quizás el señor Blancet ha exagerado… Hay que aclarar todo esto».

Pidió sus caballos y se hizo conducir precipitadamente a casa de las señoras de Serpierre y de Marcilly. Todo le fue confirmado, incluso la señora de Serpierre fue más lejos que el señor de Blancet.

Al regresar a su casa, la señora de Chasteller no pensaba más que en Leuwen; toda su imaginación, inflamada por el desespero, se hallaba ocupada en figurarse los encantos y la seductora amabilidad de la señora d’Hoquincourt. Los comparaba con su manera de ser retraída, triste y severa. Aquella comparación la persiguió durante toda la noche; pasó por toda la gama de sentimientos que causan horror y que constituyen los más negros celos.



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