Rojo y blanco

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Todo la extrañaba, todo espantaba a su condición de mujer la pasión de que era víctima. Solamente había sentido amistad hacia el general de Chasteller y agradecimiento por su comportamiento y modales perfectos. No tenía tampoco experiencia a través de lecturas: se le había dicho en el Sagrado Corazón, que las novelas eran algo muy parecido a libros obscenos. Después de su boda, no leyó apenas ninguna novela; debía desconocerse aquel género de libros cuando se era admitido en la conversación de una augusta princesa. Por otra parte, las novelas parecían, en general, vulgares.

«Pero puedo jurarme que soy fiel a lo que una mujer se debe a sí misma —se dijo hacia la madrugada de aquella noche cruel—. Si el señor Leuwen estuviese aquí, frente a mí, mirándome en silencio, como hace cuando no se atreve a decirme todo lo que piensa, desdichado por las locas exigencias que prescribe mi virtud, es decir, mi interés personal, ¿podría soportar sus mudos reproches? No, cedería… No soy en modo alguno virtuosa, y hago desgraciado a aquél a quien amo…».

Toda aquella complicación de dolores fue demasiado fuerte para su salud: se le declaró una intensa fiebre.


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