Rojo y blanco

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La cabeza, exaltada por la fiebre, que desde el primer día llegó hasta el delirio, veía sin cesar bajo su mirada a la señora d’Hoquincourt alegre, amable y feliz, con flores encantadoras en aquel concierto de la Malibran (le habían hablado ya del famoso ramo), adornada de mil encantos seductores y Leuwen a sus pies. A continuación volvía a este razonamiento:

—Por desgraciada que sea, ¿qué es lo que yo he concedido al señor Leuwen para que éste pueda sentirse comprometido conmigo? ¿A título de qué puedo yo pretender impedirle responder a los favores que le concede una mujer encantadora, más hermosa que yo, y sobre todo más amable, como se debe ser para gustar a un joven habituado a la sociedad de París: una alegría siempre renovada y jamás indiferente?

Mientras seguía estos tristes razonamientos, la señora de Chasteller no pudo evitar colocarse ante un pequeño espejo oval. Se miró en él. A cada experiencia de aquel género, se encontraba peor. Finalmente, llegó a la conclusión de que era decididamente fea, y tuvo que reconocer el buen gusto de Leuwen al preferir a la señora d’Hoquincourt.



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