Rojo y blanco

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Al segundo día, la fiebre fue terrible y las quimeras que desgarraban el corazón de la señora de Chasteller aún más sombrías. La simple visión de la señorita Bérard le producía convulsiones. No quiso ni ver al señor de Blancet; sentía horror hacia él, le imaginaba siempre explicándole los detalles del concierto fatal. E1 señor de Pontlevé le hacía diariamente dos visitas protocolarias y el doctor Du Poirier la cuidó con la actividad e interés que ponía en todo aquello en que intervenía; iba tres veces al día a casa de los Pontlevé. Lo que más molestó de sus cuidados a la señora de Chasteller, fue que le prohibió terminantemente levantarse de la cama, desvaneciendo sus esperanzas de poder ver a Leuwen. No se atrevía a pronunciar su nombre ni a preguntar a la doncella si venía a preocuparse por su estado. La fiebre fue en aumento a causa de la atención continua y la impaciencia con que prestaba oído para intentar percibir el ruido de las ruedas de su tílburi, que ella conocía muy bien.







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