Rojo y blanco

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—A lo que ha ido —interrumpió Sanréal riendo estrepitosamente— es a digerir sus cuernos.

—D’Antin es mi amigo íntimo —continuó Lanfort extrañado por aquellas palabras groseras—. Si él estuviera aquí, se batiría con todos vosotros, antes que con ese amable y simpático vencedor. Y por estas razones, yo también deseo batirme.

El valor de Sanréal se encontraba desde hacía veinte minutos en una penosa situación. Veía claramente que todos deseaban batirse y únicamente él no había anunciado tal pretensión. La de Lanfort, persona de modales suaves, agradables y elegante por excelencia, le enajenó.

—En todo caso, caballeros —dijo finalmente con voz apagada—, yo seré el segundo de la lista: Roller y yo hemos sido los que iniciamos el proyecto en el gran paseo, bajo los tilos.

—Tiene razón —observó de Goello—, echemos a suertes para decidir a quién le corresponderá defender al país de esta peste pública. (Y se pavoneó, orgulloso de la belleza de su frase).

—Sea en buena hora —dijo Lanfort—; pero, caballeros, no debemos batirnos más que una sola vez. Si el señor Leuwen debe enfrentarse con cuatro o cinco de nosotros, L’Aurore se hará cargo de esta historia, os lo advierto, y saldremos todos en los periódicos de París.


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