Rojo y blanco

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—¿Y si uno de nosotros muriera? —dijo Sanréal—. ¿Deberíamos dejar esa muerte sin venganza?

La discusión se prolongó hasta la cena, que Sanréal había hecho preparar muy abundante y exquisita. Se dieron mutuamente palabra de honor, al separarse, a las seis, de no hablar de aquel asunto con nadie; y, antes de las ocho, el señor Du Poirier estaba enterado de todo.

Se había recibido una orden concreta desde Praga, para que fuese evitada toda riña y disputa entre la nobleza y los regimientos del campamento de Lunéville o de las localidades próximas. Por la noche, Du Poirier se acercó, al señor de Sanréal con la gracia de un bulldog encolerizado; sus ojillos tenían el brillo de un gato enfurecido.

—Mañana me invitará usted a comer. Invite también a los señores Roller, de Lanfort, de Goello y a todos los que participan del proyecto. Es preciso que me escuchen.

Sanréal hubiese deseado indignarse, pero temía alguna frase hiriente de Du Poirier que después sería repetida por todo Nancy. Aceptó con un signo de cabeza casi tan gracioso como el rostro del doctor.

Al día siguiente, todos los invitados al almuerzo pusieron mala cara cuando vieron con quien tenían que entendérselas. Llegó con aire atareado.


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