Rojo y blanco
Rojo y blanco —Señores —dijo inmediatamente y sin saludar a nadie—, la religión y la nobleza tiene muchos enemigos; los periódicos entre otros, que engañan a toda Francia y envenenan cuanto hacemos. Si ahora no se tratara más que de valor caballeresco, me limitarÃa a adoptar una actitud contemplativa y me guardarÃa muy bien ni de abrir la boca, yo, pobre plebeyo, hijo de un pequeño comerciante, y que tengo el honor de hablar a los representantes de cuanto más noble hay en Lorena. Pero, caballeros, me parece que ustedes se dejan llevar por la cólera. Esa cólera, sin duda, es lo único que les impide reflexionar y ya saben ustedes que la reflexión es terreno que me es propicio. ¿No desean ustedes que un oficialillo se les lleve a la señora de Chasteller? ¡Pues bien!, ¿qué fuerza hay en el mundo que impida a la señora de Chasteller irse de Nancy y establecerse en ParÃs? AllÃ, rodeada de amigas que le prestarán valor y ayuda; podrá dirigir al señor de Pontlevé las más enternecedoras cartas del mundo. «Yo no puedo ser feliz más que con Leuwen», podrá decir, y desde luego no se engañará, porque, según lo que ustedes han observado, ella lo piensa asÃ. El señor de Pontlevé se niega a creer en las cosas dudosas, ya que su hija habla seriamente y no deseará romper con una persona que posee cuatrocientos mil francos en fondos públicos. ¿Que el señor de Pontlevé se niega? La señora de Chasteller, reconfortada con los consejos de sus amigas de ParÃs, entre las cuales se hallan damas de la más alta distinción, puede pasarse muy bien sin el consentimiento de un padre provinciano.