Rojo y blanco
Rojo y blanco —Si dos o tres de ustedes —prosiguió con energÃa y alzando la voz— se baten, sucesivamente, con Leuwen, serán considerados por todo el mundo como unos asesinos, y el regimiento entero tomará partido contra ustedes.
—Es precisamente lo que deseamos —exclamó Ludwig Roller con todo el furor de una ira largo tiempo contenida.
—Es esto —dijeron sus hermanos—. Queremos entendérnoslas con los azules.
—Y eso es precisamente lo que yo les prohÃbo, caballeros, en nombre del señor comisario del rey en Alsacia, Franco-Condado y Lorena.
Todos se pusieron de pie a la vez. Se indignaron contra la audacia del pequeño burgués que adoptaba aquel tono con la flor de la nobleza del paÃs. Precisamente en ocasiones como aquélla era donde lucÃa la vanidad de Du Poirier; su genio fogoso gustaba de esta especie de batalla. No dejaba de sentir vivamente las muestras de desprecio que le dirigÃan, y tenÃa necesidad, cuando la ocasión se presentaba, de asestar algún golpe al orgullo de aquellos gentileshombres.
Después de un torrente de palabras insensatas, dictadas por la vanidad pueril que recibe el nombre de orgullo de cuna, la presente batalla empezó a inclinarse completamente en favor del táctico Du Poirier.