Rojo y blanco
Rojo y blanco —Pueden ustedes desobedecerme a mÃ, que no soy más que un gusano, pero ¿se atreverÃan a desobedecer al rey legÃtimo, a Carlos X? —les dijo en cuanto comprobó que cada uno, a su vez, se habÃa dado el gusto de hablar de sus antepasados, de su bravura, del lugar que habÃa ocupado en el ejército antes de las fatales jornadas de 1830…—. El rey no quiere que haya ninguna fricción con sus regimientos. Nada serÃa más impolÃtico que una riña entre un cuerpo de nobleza y un regimiento.
Du Poirier repitió esta verdad tan a menudo y empleando formas tan diferentes, que terminó por penetrar en aquellas cabezas poco habituadas a comprender alguna novedad. Los amores propios capitularon por medio de una charlatanerÃa a la cual Du Poirier calculó una duración de tres cuartos de hora o una hora. Para intentar perder el menos tiempo posible, Du Poirier, cuya áspera vanidad empezaba a sentirse calmada por el tedio, se encargó de dirigir una serie de frases amables a cada uno de aquellos personajes. Conquistó al señor de Sanréal, que proporcionaba razones a los Roller, pidiéndole sirviera vino quemado. Sanréal habÃa inventado una nueva manera de hacer aquella adorable bebida, y salió de la habitación para prepararla con sus propias manos.
Cuando todos se hubieron sometido a los dictados de Du Poirier, dijo éste: