Rojo y blanco

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—Caballeros, vuestros criados están pagados por los republicanos; esta secta se desliza por todas partes y sin un secreto absoluto, incluso con nuestros mejores amigos, el partido legítimo no podría conseguir nada y ustedes, caballeros, lo mismo que yo, pobre plebeyo, nos veríamos vilipendiados por l’Aurore.

En favor del lector, abrevio infinitamente el discurso que Du Poirier se vio obligado a pronunciar a aquellos hombres, rico uno y bravucón el otro. Como no deseaba decirles nada, lo hizo más largo aún de lo necesario.

—El secreto que esperaba poderles manifestar —dijo finalmente—, no me pertenece. Por el momento, estoy únicamente encargado de solicitar a vuestro valor —añadió, dirigiéndose de manera especial a Sanréal— una tregua que les costará mucho sostener.

—¡Ciertamente! —exclamó Sanréal.

—No obstante, caballeros, cuando uno es miembro de un gran partido, es preciso saber hacer dolorosos sacrificios a la voluntad general, aunque ésta sea equivocada. De lo contrario, no se es nada, no se puede llegar a nada. No se merece otro nombre que el de niño perdido. Es necesario, caballeros, que ninguno de ustedes provoque al señor Leuwen antes de que hayan pasado quince días.

—Es necesario… Es necesario… —repitió Ludwig Roller con amargura.


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